MUSICA: ARBOLITO
Gabriela Saidon
Si pudieran, los músicos de Arbolito cambiarían los nombres de buena parte de las calles de Buenos Aires. Por lo menos, las que se llaman general o coronel algo. De hecho, ya hicieron un intento simbólico en la provincia, cuando acompañaron a Osvaldo Bayer —mentor del grupo sin saberlo— a Coronel Rauch, el 12 de octubre de 2003. El grupo eligió llamarse así en honor de un personaje que figura en un libro de Bayer, Rebeldía y esperanza: el indio que le cortó la cabeza al Coronel Rauch (oficial prusiano contratado en 1826 por Bernardino Rivadavia para "limpiar la pampa bonaerense de ranqueles"), cuya historia el escritor recita en el segundo disco, La mala reputación, del 2000. El primero es Folclore, de 1998.La reivindicación histórica del indio, pero también la del pobre, la del desocupado, figuran en los temas de esta banda de la resistencia en tiempos de globalización. Entre ritmos folclóricos, rockeros y latinoamericanos, y una buena dosis de reggae, cuelan letras contestatarias, propias y ajenas, más cercanas a la canción de protesta (de hecho, la que le da el nombre al disco del 2000 es de George Brassens) o al rock de los 70. La mezcla es evidente en la sala de ensayo, en Boedo, que preside una gran tela pintada con la figura del indio, lanza en mano y poncho al viento, donde guitarras eléctricas alternan con quenas y tumbadoras y parlantes y consolas de sonido no oscurecen las notas de un violín (instrumento que en ese disco toca, como invitado, el legendario Jorge Pinchevsky, que murió en junio de 2003 cuando una moto arremetió contra su bicicleta, en La Plata). Las letras agudizan la crítica en La arveja esperanza, el disco que terminaron de grabar, en medio de los cacerolazos, el 20 de diciembre del 2001. Después del ensayo, donde la banda hace un recorrido desde un tema "fiestero", bien de barrio, como La novia hasta los que dan nombre a sus discos, Ezequiel Jusid (32, jean, remera, pelo corto) y Agustín Ronconi (29, bermudas, descalzo, pelo largo ondulado atado), hablan del "rock folclórico" (una etiqueta para resumir) que componen.Agustín dijo en una entrevista: "Nos gustan los temas de Cuchi Leguizamón, pero en el momento de componer surge lo que ves en la vereda".Ezequiel: Lo que pasa es que somos porteños (menos Diego que es de Tandil), y todas las vivencias que tenemos son bien del cemento de esta ciudad. Las letras son más rockeras porque en el folclore no se usa mucho en los últimos años la protesta. Se canta más a la naturaleza.¿El rock es lo que les permite introducir lo contestatario en las letras?Agustín: Crecimos escuchando rock. El folclore es después de la adolescencia, aparece a partir de estudiar música, y nos "encantó", nos sedujo. Lo que estamos haciendo es toda la música que escuchamos sin ninguna barrera. Se junta todo, la letra bien urbana con el deseo de respirar aire puro, un poco de montaña, agüita clara del arroyo. La Escuela Popular de Avellaneda, donde se conocieron, les dio esa versión "no tan chalchalera" del folclore, sino de algo "con más ingredientes, como el jazz o el rock". Y nombran: MPA, Peteco Carabajal, Chango Spasiuk, "gente que no se ata tanto a lo tradicional, como Lilian Saba, Juancho Farías Gómez, gente que le dio la vuelta al folclore e inventó algo nuevo" (Ezequiel).La relación con Bayer empezó cuando se acercaron a pedirle prestado el nombre de Arbolito, "aunque ya lo estábamos usando", confiesa Ezequiel. Y sigue: "Fuimos con portaestudio, micrófono, nos contó la historia, la grabamos, musicalizamos atrás y a partir de ahí lo seguimos viendo. Hicimos un recital en la casa de las Madres, en La Trastienda, en Rauch. Allí hubo 1.000 personas en la plaza"."Me acuerdo de que cuando llegamos, pasan dos pibitos en bicicleta —agrega Agustín—, y ven la camioneta en la que venía pintado Arbolito. 'Mirá, mirá, así le van a poner a la ciudad' —dijeron y se fueron re contentos.""Mucha gente estuvo en contra, indignadísimos con Bayer —dice Ezequiel—. La idea no era cambiar el nombre sino que la gente conozca la historia. Ahora estuvimos tocando en la costa y gente de Rauch nos dijo que en los secundarios los chicos hacen trabajos sobre Arbolito. Así que el debate arrancó. Sería bueno que muchos nombres de pueblos y calles cambiaran. La plaza Falcón, por ejemplo, cambió por Che Guevara, la iniciativa fue de Bayer y votaron los vecinos". ¿No hay arte sin compromiso?Agustín: No, creo que está bueno identificarse. Y si uno no es sensible a esos temas, no se identifica. A nosotros nos sale natural. Pero no se puede juzgar como "hay que tener compromiso social". Cada uno siente el arte como lo quiere sentir.Ezequiel: Pasa más por la persona que por el artista. Y tampoco por las letras. Miguel Angel Estrella sigue yendo a tocar Chopin a las villas. O el Chango Spasiuk, que toca instrumental pero está tocando donde tiene que estar.Pero la búsqueda de ustedes sí pasa por lo social.Ezequiel: Sí, porque nosotros somos así y nuestra militancia pasa por la música. Militamos con la banda tocando, diciendo lo que queremos en barrios, escuelas.Agustín: Nos llaman mucho de asambleas, hogares, comedores, se ve que la música les sirve de alimento, de lucha. ¿Cómo es el público que los sigue?Agustín: Variadísimo.Ezequiel: Somos básicamente callejeros. Crecimos en la calle y allí volveremos a tocar después de El Ateneo. Y en la calle se junta todo, desde heavy metal a señoras de 70 años o niños. Después, según el lugar donde tocamos a la noche, viene un público u otro. Solemos tocar en el Teatro Alberdi , en La Boca. Lo alquilamos pelado, hay 20 personas trabajando, hay disc jockey, barra, tocamos y después hay fiesta. Ahí van más jóvenes. Igual cuando tocamos en La Trastienda la gente se para y baila. Pero el público es más familiar.
